Aferrarnos a lo efímero: el sutil juego al que entregamos nuestra vida
- hace 3 días
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Hace poco leí el libro Vivir bellamente en la incertidumbre y el cambio de Pema Chödrön, y hubo una idea que me quedó rondando; las llamadas ocho preocupaciones mundanas.
Según la tradición budista, nuestra vida cotidiana suele girar alrededor de cuatro pares de opuestos: placer y dolor, ganancia y pérdida, fama y deshonra, alabanza y culpa. Esto hace que invirtamos gran parte de nuestra energía intentando acercarnos a un lado de la balanza y evitando el otro.
Buscamos placer evitando el dolor, perseguimos la ganancia temiendo a la pérdida, deseamos reconocimiento huyendo de la deshonra y agradecemos la alabanza rechazando la crítica. En apariencia esto parece natural, incluso razonable, pero lo inquietante es descubrir cuánto de nuestra vida se organiza alrededor de estos movimientos casi automáticos, como si nuestra estabilidad dependiera de que las cosas se mantuvieran siempre del lado que preferimos.
El problema es que la vida no funciona así. Todo cambia. Todo se mueve. Todo se transforma constantemente. Aquello que hoy nos da placer mañana puede doler. Lo que hoy ganamos mañana puede desaparecer. La fama se diluye, la crítica llega cuando menos la esperamos. Nada de esto permanece demasiado tiempo. Y, sin embargo, nos aferramos a la permanencia.
A veces me pregunto si gran parte de nuestra ansiedad contemporánea tiene que ver con intentar construir seguridad sobre cosas que por naturaleza son efímeras. Queremos que el reconocimiento sea estable, que la aprobación dure, que la sensación de bienestar se quede, pero vivir es moverse dentro de un flujo donde ninguna de estas cosas está garantizada.
Pema Chödrön propone algo que, al principio, puede parecer incómodo: permanecer en el medio. No correr desesperadamente hacia lo que nos agrada ni huir inmediatamente de lo que nos incomoda. Permanecer. Observar. Respirar dentro de esa tensión.
No porque el dolor o la pérdida tengan algo de romántico, sino porque aprender a estar ahí sin reaccionar de inmediato, nos permite descubrir que nuestra estabilidad no depende tanto de lo que ocurre afuera sino de nuestra capacidad de sostenernos a nosotros mismos dentro de eso que ocurre.
El verdadero desafío no es eliminar la incomodidad, sino dejar de organizar nuestra vida bajo estructuras que buscan evitarla. Porque cuando evitamos constantemente el dolor también evitamos muchas veces el aprendizaje. Cuando rechazamos la crítica perdemos oportunidades de vernos con más claridad. Cuando dependemos demasiado de la aprobación de otros, terminamos viviendo más para la mirada ajena que para la nuestra.
¿Qué sentido tiene aferrarnos con tanta fuerza a cosas que cambian todo el tiempo? Tal vez lo hacemos porque lo desconocido nos asusta. Porque aceptar la impermanencia implica reconocer que no tenemos tanto control como quisiéramos. Pero también puede haber algo profundamente liberador en esa aceptación; si el placer y el dolor van a aparecer y desaparecer de todos modos, si la ganancia y la pérdida son parte natural del movimiento de la vida, y si la alabanza y la crítica nunca están completamente bajo nuestro control; quizás podamos dejar de construir nuestra identidad sobre esas olas cambiantes y empezar a habitar una relación más honesta con la experiencia misma.
De hecho, Pema Chödrön comparte una experiencia suya en la cual se vio atrapada y la vez liberada de la tiranía de esos cuatro pares de opuestos: “En aquel momento estaba viviendo en un centro de retiro con otras nueve personas y cada tarde nos reunimos para trabajar unas horas. Y ese resultaba ser un momento muy difícil para mí porque prácticamente no había nada que pudiera hacer. No podía cargar agua porque tenía un problema en la espalda. No podía barnizar el suelo debido a mi extrema sensibilidad ambiental. Era prácticamente inútil en esos momentos y le resultaba muy irritante al encargado del grupo de trabajo. Me sentía vieja, frágil, incompetente y rechazada. Estaba muy triste. Eso me llevó a una contemplación profunda: si no era la maestra espiritual formada y respetada que estaba acostumbrada a ser, ¿quién era entonces? Sin esas confirmaciones externas, sin las etiquetas, ¿quién era yo?
Después nos invitaron a unos cuantos a asistir a unas charlas sobre espiritualidad en la ciudad. En cuanto llegamos todo el mundo empezó a tratarme como a una persona especial. Tenía un asiento alto especial, un vaso de agua especial, un lugar especial en la primera fila. Ver la tremenda diferencia en cuanto a cómo me percibían los demás en esas situaciones hizo que se rompiera bruscamente un profundo lazo que tenía con la fama y la deshonra, la pérdida y la ganancia, la esperanza y el miedo sobre mi identidad. Arriba, en la montaña, en el centro de retiro, no era nadie. A los pies de la montaña en la sala de conferencias era una invitada especial que merecía respeto. Pero eso no eran más que etiquetas cambiantes y ambiguas. En esencia nadie podía encuadrarme o etiquetarme de forma definitiva.”
Permanecer en el medio no significa volverse indiferente ni apagar la emoción. Significa desarrollar una cierta amplitud interior que reconoce y acepta que el placer, la pérdida, el reconocimiento y la crítica forman parte del paisaje humano, pero no necesariamente definen quiénes somos.
Si dejamos de aferrarnos obsesivamente a que lo efímero permanezca para construir nuestra identidad sobre sus cimientos, ¿qué queda de nosotros? Quizás algo más real. Algo menos condicionado. Algo más libre.




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