top of page

En un mundo lleno de imágenes, elegí hacer fotografía para sanar

luzortiz.ph

Hoy en día, con el crecimiento exponencial del mundo digital, la imagen, esa que como dice el dicho; “vale más que mil palabras”, nos rodea por todas partes. Imágenes que se producen rápido, que se consumen rápido y que se olvidan igual de rápido. Scroll, like, siguiente.


¿Te pasa que a veces sientes que todo es contenido, pero que casi nada es presencia?¿Que estamos mostrando tanto pero experimentando y sintiendo muy poco?


Debo confesar que durante mucho tiempo, la fotografía también fue eso para mí; se impuso la moda de compartir fotos que hablaran de vidas perfectas y de momentos grandiosos, así que busqué perfeccionar mi técnica de hacer fotos para lograr competir en ese mundo de perfección, y entonces empecé a producir imágenes solo por producir. Fotografiar para cumplir, para mostrar, para parecer interesante. Para encajar en un mundo donde aparecer importa más que habitar. Y aunque amo profundamente el lenguaje de la fotografía, hubo un momento en el que algo empezó a doler. No la fotografía en sí, sino la forma en la que la estaba usando.


Sentía que estaba mirando mucho, pero viendo poco. Que estaba creando imágenes, pero no necesariamente estaba encontrándome en ellas. Y ahí empezó el quiebre.


No sé si fue una revelación mística o un cansancio silencioso, pero tengo la claridad de una sensación interna que me dijo “así no”. Y me di cuenta de que producir imágenes por producir no estaba llenando en mi ciertos espacios que pedían otra cosa: pausa, honestidad, escucha, sentir y presencia.


Fue entonces cuando la fotografía dejó de ser apariencia, competencia y resultado y empezó a convertirse en un proceso. Tuve la certeza de que realmente no necesitaba crear imágenes para circular como marca, para venderme o para validarme, y entonces empecé a usar la cámara como una excusa para estar, para mirar sin urgencia, para empezar a sentir más, para reconocerme como parte de esas miradas de los retratos que hago en calle en medio de lo cotidiano, o de las montañas que se imponen ante mi cuando me sumerjo en la naturaleza, o de esas ideas creativas que surgen cuando alguien me invita retratar su imagen.


Con esto, pude reconocer la simpleza de una gran evidencia; cuando tu camino está orientado hacia tu propio autoconocimiento, todo suma.


En mi caso, la fotografía sumó, no como mera técnica, ni como estrategia, ni como forma de “ganarme la vida”, sino como un acto íntimo de presencia. Fotografiar se convirtió en una forma de escucharme, de caminar más lento, de observar lo que antes pasaba desapercibido y de estar conmigo sin exigencias.


La cámara dejó de estar ahí para demostrar algo, y empezó a acompañarme en los momentos en los que necesito volver a mí, en los momentos en los que necesito recordarme que no todo tiene que ser útil, ni perfecto, ni visible, ni aprobado.


Hoy producimos imágenes todo el tiempo, y no digo que eso esté mal. Vivimos en un mundo que cambia y se transforma a cada momento, y por ende, aprendemos a movernos a su ritmo. Pero lo que ahora sé es que hay una diferencia sutil y profunda entre producir imágenes y dejar que una imagen te transforme, entre fotografiar para gustar y fotografiar para sentir, entre mirar hacia afuera y atreverte a mirar hacia adentro.


La fotografía se ha convertido en parte de mi camino de autosanación, y al hacerlo, ha dejado de exigirme resultados inmediatos, pero muy incómodamente ha empezado a cuestionarme, a hacerme preguntas. Y digo incómodamente, quizás por la honestidad que acompaña dichas preguntas.


¿Qué estoy buscando cuando fotografío? ¿A quién quiero impresionar? ¿Desde dónde estoy mirando? ¿Por qué incluyo o excluyo elementos, personas, formas, colores dentro de mis fotos? Y en ese diálogo silencioso, algo se ha ido ordenando dentro de mí.


Sigo haciendo fotografía cada vez que puedo, ¡por supuesto! Pero desde otro lugar, desde uno más lento, más amoroso y más verdadero. Desde un lugar donde la imagen no es el fin, sino un puente de conexión que no me aleja de mí, sino que me regresa a mi propia historia, a mi experiencia encarnada.


Hoy pienso que quizás no todo lo que hagamos tenga que ser para mostrar. ¿Y si esa selfie que te tomaste y descartaste porque “no era publicable” pudiera tener otro propósito? Tal vez no nació para gustar o impresionar, tal vez nació para recordarte quién eres cuando no necesitas usar máscaras de perfección.

 
 
 

Comentarios


©2026 por Luz Ortiz  | Fotografía & Autoconocimiento

  • Instagram
  • Facebook
  • Pinterest

Bogotá, Colombia

bottom of page